Así funciona la sanidad en España: "Esta crema cuesta 44 euros. Queda en 4"
Entró a la farmacia con paso tranquilo, aunque por dentro iba nerviosa. Le habían diagnosticado psoriasis hace poco, una enfermedad que no solo afecta la piel, sino también el ánimo, la autoestima, la rutina diaria. Vivir con picor, con placas en la piel, con miradas ajenas… no es fácil.
El dermatólogo le había recetado una crema llamada Wynzora 50 microgramos. Nunca la había oído nombrar, y por el nombre pensó que sería una de esas fórmulas nuevas, modernas, seguramente caras. Antes de pagar, preguntó cuánto costaba el tubo si no tuviera receta.
La respuesta la dejó paralizada: 44 euros.
Por una crema.
Una sola.
Mientras procesaba la cifra, la farmacéutica pasó la receta electrónica con su tarjeta sanitaria. Al momento, el precio final apareció en la pantalla: 4 euros.
Solo 4.
Entonces lo dijo en voz alta, sin pensar, con la espontaneidad de quien se da cuenta de algo importante:
“Qué maravilla la sanidad pública. Hay que seguir cuidándola con uñas y dientes, si hace falta.”
esta crema que me han recetado para la psoriasis cuesta 44€. con receta queda en 4€. qué maravilla la sanidad pública, hay que seguir cuidándola con uñas y dientes si hace falta❤️ pic.twitter.com/4qLKdsrDMG
— tu jevo (@cansadisime) April 1, 2025
Quienes estaban cerca asintieron en silencio. No hizo falta decir mucho más.
En un mundo donde todo sube —la luz, la gasolina, el alquiler, la comida— y donde parece que cada vez hay que pagar más por todo, encontrar algo que funcione, que alivie, que no discrimine por el bolsillo, es casi un milagro.
Y no debería serlo. Pero lo es.
Esa crema no solo alivia la piel. Alivia el miedo a no poder costear un tratamiento. Alivia la carga de tener que elegir entre salud o gastos del mes. Alivia la sensación de que todo está mal. Porque no todo está mal.
Detrás de ese descuento hay un sistema que, con todas sus imperfecciones, protege a millones de personas cada día. Un sistema que apuesta por la igualdad, la prevención y el acceso universal, y que ha salvado más vidas de las que podemos contar.
No se trata solo de una receta médica. Es un recordatorio.
De que la sanidad pública no es un lujo, es un derecho.
Y de que cuando funciona —como funcionó ese día en esa farmacia—, lo que sentimos no es solo alivio. Es orgullo.
Por eso hay que defenderla. Porque si la dejamos caer, volver a levantarla será mucho más difícil.
La próxima vez que vayas a recoger un medicamento y pagues una fracción de su precio real, piensa en esto.
Piensa en quienes no podrían pagarlo sin ese sistema.
Y repite esa frase en voz alta, como hizo ella:
“Qué maravilla la sanidad pública. Hay que seguir cuidándola con uñas y dientes.”