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Intenta darse de baja de una cuenta de Caixabank y hacen "lo imposible" para que se desespere

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En pleno 2025, cuando casi todo puede resolverse desde el sofá de casa con una videollamada, una clave digital o una firma biométrica, hay bancos que siguen atrapados en otra época, como si no hubieran recibido el memo de la digitalización. Uno de ellos, al menos según una reciente crítica viral, es Caixabank, señalado por un cliente harto de intentar una gestión tan simple como salir de una cuenta compartida.

Este usuario, que asegura llevar tiempo evitando “bancos viejos” como este, todavía figura como cotitular en una cuenta con un familiar. Su intención es clara: salir definitivamente de esa cuenta y romper su vínculo con una entidad que califica abiertamente como “una organización que detesto”. Pero lo que se suponía que debía ser un trámite sencillo ha acabado convirtiéndose en un laberinto digno de la más absurda burocracia financiera.

Una crítica con detalles alarmantes

La experiencia relatada por este usuario destila una mezcla de frustración y sarcasmo. Asegura que Caixabank ha puesto todo tipo de trabas para desincentivar su marcha, utilizando estrategias que, según él, rozan lo antirreglamentario:

  1. Normas propias que contradicen al regulador. El usuario afirma que la entidad impone exigencias sin base legal clara, como la obligación de que todos los cotitulares acudan físicamente para dar de baja una cuenta, algo que –según denuncia– no exige el Banco de España.

  2. Falta total de atención humana. Tras pedir cita con su gestor, nadie le ha llamado. El canal de atención al cliente le hace dar vueltas en un “carrusel de procedimientos” sin llegar a una solución.

  3. Oficinas herméticas. En un giro casi distópico, denuncia que ni siquiera puede contactar con su oficina, ya que no disponen de teléfono ni correo electrónico, y no se puede acudir presencialmente sin cita previa, lo que, irónicamente, no puede obtener porque el gestor no le atiende.

“Idiocracia bancaria” y empleados cómplices

Más allá del sistema, el crítico señala directamente a los trabajadores del banco, acusándolos de ser “cómplices activos de una maquinaria dañina”, pese a ser conscientes –dice– de que el funcionamiento no es correcto. “Después se quejarán si los echan”, lanza con dureza, “pero mientras están dentro colaboran sin escrúpulos en un daño social evidente”.

Este tipo de afirmaciones no son nuevas en el mundo de las quejas bancarias, pero reflejan el hartazgo de muchos clientes de entidades tradicionales, que se sienten atrapados entre protocolos anacrónicos y falta de humanidad.

¿Dónde están los avances digitales?

Frente a este panorama, el autor de la crítica compara su experiencia con la de los neo-bancos digitales, donde cualquier gestión –desde abrir una cuenta hasta cerrarla– puede hacerse con un clic o una videollamada. “Lo que en cualquier banco moderno se hace en minutos, aquí exige días, papeleo, trámites absurdos y presencia física obligatoria”, denuncia.

Según él, este tipo de prácticas bancarias no solo son ineficientes, sino también un reflejo de una “idiocracia institucional” en la que el cliente es quien paga la falta de evolución del sistema.

¿Y el regulador?

El Banco de España, señala este cliente, tampoco escapa a la crítica. Le acusa de “mirar hacia otro lado” en lugar de imponer estándares modernos que obliguen a los bancos tradicionales a permitir gestiones digitales como la baja de una cuenta cotitular.

“No hay justificación técnica para mantener estos procesos arcaicos en 2025. Solo falta voluntad de cambio”, sentencia.


En definitiva, esta denuncia pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿por qué se sigue permitiendo que algunas entidades financieras funcionen como si estuviéramos en los años 70, mientras el resto del mundo se digitaliza?

Mientras los clientes buscan sencillez, transparencia y autonomía, algunos bancos siguen apostando por la burocracia como herramienta de retención. Y aunque parezca exagerado, para muchos cerrar una cuenta en Caixabank sigue siendo más difícil que abrirla.